Mitos y verdades sobre los cultivos transgénicos

¿Buenos o malos? ¿Naturales o artificiales?

Nunca una tecnología ha sido adoptada tan rápidamente en el campo como la biotecnología agrícola. Sin embargo, aún despierta agitados debates y controversias. Veamos por qué.

Es interesante observar cómo ciertas aplicaciones de la biotecnología moderna forman parte de nuestras vidas desde hace más de veinte años, y sin cuestionamiento, como los biofármacos y las enzimas para la fabricación de alimentos. Hasta las vacas modificadas genéticamente para producir medicamentos (que aún no han llegado a la farmacia) gozan de la simpatía del público general. Sin embargo, los cultivos transgénicos no han corrido con la misma suerte.

Una posible explicación a estas diferencias es que el consumidor no percibe directamente el beneficio de los cultivos transgénicos que hoy se producen en Argentina y en el mundo, ya que hasta ahora estos cultivos tienen características que han beneficiado principalmente al agricultor y al ambiente. Gracias a los transgénicos se disminuye el uso de insecticidas, se reemplazan herbicidas por otros de menor toxicidad y su uso, bajo prácticas conservacionistas como la siembra directa, resulta en una menor erosión del suelo, un uso más eficiente del agua, una reducción en el uso de combustibles y menos emisiones de gases invernadero. Además, el aumento de la productividad de los cultivos (podemos sembrar más en menos tierra), permite preservar los hábitats naturales y usar el agua y el suelo más eficientemente. Los agricultores, por su parte, se benefician a través de la simplificación en el manejo, el aumento en los rendimientos y la disminución de los costos de producción.

¿En qué me beneficia esto entonces? podríamos preguntarnos. Si bien es cierto que el sector productivo ha sido el principal beneficiado con la tecnología, más allá del productor, la adopción de estos cultivos impacta positivamente en la economía del país como un todo, por las consecuencias sociales y económicas de la actividad y los incrementos en las exportaciones. La buena noticia es que en Argentina prácticamente todos los productores de soja, maíz y algodón usan variedades transgénicas, esto quiere decir que tanto los grandes, como los medianos y pequeños productores, pueden percibir los beneficios que brindan las tecnologías. Y también nos beneficiamos los consumidores, por ejemplo, las tecnologías de resistencia a insectos en maíz mejoran la calidad del grano y reducen los niveles de micotoxinas que podrían ser peligrosas para nuestra salud.

¿Es natural una soja que tiene un gen de bacterias? El tema de la percepción de lo que es natural y artificial, sobre todo en los alimentos, merece una atención particular. La soja transgénica es tan natural o artificial como cualquier otra soja del mercado, la única diferencia es que entre sus decenas de miles de genes tiene uno proveniente de una bacteria inocua del suelo, que le confiere, justamente, tolerancia a un herbicida. Hoy la ingeniería genética es una tecnología más de mejoramiento vegetal, sumándose al conjunto de técnicas de mejoramiento que el hombre viene haciendo para que sus cultivos rindan más y brinden mejores alimentos. Todo lo que comemos viene del mejoramiento vegetal y las variedades de frutas y verduras que están en nuestra mesa no existían en la naturaleza tal como las conocemos hoy, si no que son producto de años de mejoramiento y domesticación.

El mejoramiento vegetal es lo que ha transformado a los frutos y granos silvestres (probablemente tóxicos para las personas), en alimentos comestibles. La dicotomía ente lo natural como bueno y lo artificial como malo es bastante inconsistente, hay diversas sustancias naturales que son tóxicas.  

Hay otra pregunta, que surge por el temor que tenemos frente a las nuevas tecnologías: ¿el agregado de un gen a una planta, aunque sea de un solo gen, podría afectar la salud de quien la consume? Sí o no, depende del gen, depende de la planta. En todo caso (y caso por caso) hay que evaluar el riesgo de tal modificación. Lo importante es que hoy hay una gran experiencia (y en esto Argentina es líder) en cómo se debe evaluar la inocuidad de los cultivos transgénicos antes de que lleguen al consumidor. La evaluación se hace esencialmente para descartar la presencia de tóxicos, alérgenos y comprobar que no hay modificaciones (al menos cuando no se las provoca a propósito) en el perfil nutricional de los granos, harinas y aceites. De la misma manera, el sistema regulatorio analiza la seguridad ambiental de los cultivos transgénicos, de modo que su siembra impacte al medio ambiente igual (a veces hasta resulta mejor) que sus pares convencionales.

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